La desobediencia civil pacífica también se juega en lo económico
El consumismo como punto ciego del poder
El capitalismo, en especial su versión más ultraderechista, tiene un punto ciego: depende de que exista un mercado amplio y creciente de compradores. Necesita que la gente compre, que consuma, que mantenga el flujo. Una dependencia que no es menor: una variación relativamente pequeña en la demanda de un producto puede generar una crisis o un cambio estructural en el mercado.
Un ejemplo sencillo: no se necesita que todo el mundo deje de comer carne. Basta con que un 5% de la población reduzca su consumo para que los productores empiecen a acumular excedentes. Esos excedentes generan costos de almacenamiento, caída de precios, pérdidas en la cadena de distribución y, finalmente, presión sobre los grandes productores para que cambien sus prácticas. Una minoría, organizada y constante, puede mover el tablero.
Por qué funciona: tres factores clave
La efectividad de esta presión no es casual. Depende de tres factores económicos que los mercados no pueden ignorar:
1. Elasticidad de la demanda. No todos los productos reaccionan igual ante cambios de precio o disponibilidad. Los bienes de primera necesidad (alimentos, energía) tienen demanda inelástica: la gente los compra aunque suban de precio. Pero los bienes no esenciales, las marcas aspiracionales, los servicios financieros, tienen demanda elástica: una pequeña caída en el consumo puede traducirse en una gran caída en los ingresos de las empresas. Es ahí donde la desobediencia económica puede hacer más daño.
2. Ciclos de venta. La economía tiene ritmos: temporada navideña, semana santa, regreso a clases, día del padre, día de la madre. Las empresas planifican sus ingresos anuales alrededor de estos picos. Una campaña de no compra que se coordine en esos momentos críticos puede desbaratar las proyecciones financieras de una cadena comercial o de una marca específica.
3. Durabilidad de los productos. Cuanto más duradero es un bien, más fácil resulta retrasar su compra. Un teléfono se puede cambiar cada tres años o mas en lugar de seguir el juego de «la nueva versión». Un automóvil puede durar varios años más sin necesidad de reemplazo; incluso, dado como se comporta el mercado es mejor comprar un auto usado de modelo reciente que uno nuevo. Cuando los consumidores deciden colectivamente alargar la vida útil de sus bienes, el mercado de reposición se contrae y las empresas sienten el golpe.
El escenario de la no cooperación
¿Qué puede pasar si la desobediencia civil pacífica se lleva al escenario del mercado, el consumo y la economía?
Se necesita que una porción – no necesariamente mayoritaria – de la población decida, simple y llanamente, no cooperar.
-
¿Qué pasaría si la mitad del país deja de usar X banco? No hace falta que todos se vayan. Basta con que un porcentaje crítico retire sus ahorros, cierre sus cuentas y migre a otro sistema. Las entidades financieras viven de la confianza y del flujo. Un retiro coordinado puede tambalear su estabilidad.
-
¿Qué pasaría si la mitad del país deja de comprar en ciertos almacenes y ciertas marcas? Las grandes superficies operan con márgenes ajustados y altos volúmenes. Una caída del 10% en sus ventas durante un trimestre ya es suficiente para que las juntas directivas empiecen a revaluar posiciones
-
¿Qué pasaría si las movilizaciones ciudadanas logran cambios en las normas que regulan el mercado? Ya ha ocurrido: las campañas por el etiquetado frontal de alimentos, las restricciones a la publicidad de productos ultra-procesados o las regulaciones sobre el uso de plásticos de un solo uso no nacieron ni de los gobiernos, ni de los Congresistas. Nacieron de la presión social, de la organización ciudadana y de la evidencia científica llevada a los tribunales. La lucha económica también se juega en lo político y ante los jueces.
Y lo mas interesante; el efecto en cascada: el mundo corporativo y del consumismo se mueve en dos escenarios: el del mercado, que todos vemos (empresas que venden productos, publicidad, promociones, etc) y el financiero, que pocos observamos (fondos de inversión, bolsas de valores, gran capital) Cuando las cosas se «ponen complicadas» en el escenario de mercado; en el escenario financiero se amplifica el efecto. Una caída en ventas de una gran empresa tiene efecto directo en su cotización en bolsa. Al gran capital no le interesan empleos, objeto social, impacto, etc; sí no hay ganancia, se va.
Desobediencia estratégica: como un juego de parqués
Hay formas de desobediencia que no se limitan a dejar de comprar. También pueden consistir en comprar de manera selectiva y deliberada, aprovechando las propias reglas del mercado para desestabilizar a quienes creen controlarlo; y sobre todo, sin hacer nada ilegal.
Las grandes superficies recurren a estrategias de promoción para atraer clientes. Ofrecen un producto muy barato, que para ellos no es rentable, para que los consumidores compren otros productos de mayor margen. El ejemplo más clásico es la cerveza a bajo precio los fines de semana: el cliente entra por la promoción y sale con el carrito lleno de otros artículos. Una acción coordinada podría consistir en comprar exclusivamente esos productos promocionados, ignorando el resto. Sin la venta cruzada que les da rentabilidad, las promociones se convierten en un agujero negro financiero. El cálculo empresarial se invierte: lo que era un anzuelo se transforma en una pérdida neta.
Algo similar ocurre en el mundo digital. Muchos servicios en Internet ofrecen versiones gratuitas («free») con la expectativa de que, tarde o temprano, los usuarios migren a planes de pago. La resistencia consiste en usar esas versiones gratuitas sin suscribirse nunca a los planes de pago. No es una evasión: es atenerse a los términos que la propia empresa ofrece. Pero cuando el número de usuarios que se queda en la versión gratuita es masivo, la ecuación financiera del servicio se resquebraja. La decisión de no pagar nunca una suscripción es una forma de desobediencia silenciosa que afecta los ingresos recurrentes de las plataformas.
El software libre es la versión institucionalizada de esta lógica. En vez de piratear o vulnerar derechos de autor, se eligen herramientas que no exigen suscripción, que no extraen datos personales como moneda de cambio y que no dependen de la buena voluntad de una corporación para seguir funcionando. La migración masiva a software libre no solo es una decisión técnica: es una decisión política.
La desobediencia estratégica no requiere grandes gestos ni sacrificios heroicos. Requiere observar con atención cómo funciona el mercado y usar sus propias fisuras. Si el sistema está diseñado para extraer valor de la conducta predecible de los consumidores, la impredecibilidad organizada es su antídoto.
La no cooperación como herramienta ciudadana
La desobediencia civil pacífica en lo económico es parte de un activismo consciente, y al mismo tiempo; un acto de responsabilidad política. Es recordar que el poder económico depende en mucho de la obediencia cotidiana de la gente.
Cuando retiras tu dinero de un banco, les estás diciendo: «no estoy de acuerdo con sus prácticas». Cuando dejas de comprar en una cadena que explota trabajadores o que apoya políticamente causas que consideras injustas, estás diciendo: «no los necesito tanto como creen».
Las movilizaciones ciudadanas, las protestas y las acciones de desobediencia civil no son el problema. Son la respuesta a un problema. Son la forma que tiene la gente de hacer oír su voz cuando los canales institucionales están copados por los mismos intereses que se quieren cuestionar.
Sin violencia; sin incurrir en acciones ilegales; se puede ejercer presión donde mas le duele a la (ultra)Derecha y el Establecimiento: reduciendo sus ganancias Solo hay que recordar que el mercado, ese gigante aparentemente todopoderoso, es frágil. Y que la gente común, organizada y consciente, puede hacerlo tambalear.
En una próxima entrada hablaremos de «Emprendimiento para la Desobediencia Civil Pacífica»; sí este contenido te gustó, ayúdanos a compartirlo
Este artículo es parte de la línea editorial de Economía Progresista, donde entendemos que la economía no es una ciencia de objetos, sino de sujetos, y que el conocimiento económico es un bien público que debe empoderar a la ciudadanía para participar en las decisiones que afectan sus vidas.
